La visita que realizó el presidente de Estados Unidos (EE.UU.), Barack Obama, a su homólogo Raúl Castro en Cuba, es un tema de acalorados debates de análisis a favor y en contra de dicha visita y de especulaciones sobre el impacto que tendrá al corto y mediano plazo en las relaciones bilaterales en los temas económicos, políticos y en temas individuales como la falta de libertades y democracia en Cuba, pero además hay un elemento clave que muy pocos tienen en consideración, y es la posibilidad de una reconfiguración en la arena hemisférica y el relanzamiento de reuniones positivas.
Esta visita de Obama, la primera de un presidente de EE.UU., luego de 88 años de la última visita realizada por C. Coolidge a la Isla, por la celebración de la VI Conferencia Panamericana en 1928, nos puede dar una idea de un nuevo inicio de las relaciones interamericanas, que precisamente se configuraron en las diez conferencias panamericanas que se realizaron entre los países de América. A través de esas conferencias nació la Organización de los Estados Americanos (OEA) y todo su entramado jurídico y político, que hoy rige al continente americano.
Entonces, más allá del impacto a nivel bilateral, esta visita puede representar no necesariamente un cambio inmediato en las políticas estadounidense y cubana, pero sí abrir el camino para una reconfiguración de las relaciones interamericanas en el hemisferio, que puede dar resultados positivos para todas las naciones.
Resultados que pueden ir desde un mayor ímpetu comercial y turístico, así como un importante cambio en las políticas cerradas del gobierno cubano y con ello un efecto dominó (que se está empezando a sentir ya en América del Sur) y que debe ser aprovechado para relanzar a las Américas como un continente de gobiernos democráticos, libres y comprometidos con el desarrollo socioeconómico de sus habitantes. Pero además, con una mayor innovación industrial y tecnológica que nos permita ya no solo exportar materias primas, sino crear productos con nuestras propias materias primas.
Aunque no hay que dejar de lado que, desde 2011, América ha dejado de crecer tan positivamente, por lo que hay que atender de inmediato los problemas que ha generado el fin de un período de bonanza. Por ello, los cambios que vivimos actualmente están condicionados por la falta de resultados positivos a nivel económico, a nivel social y político, ante la falta de libertades, derechos, estados democráticos, dadas por largas hegemonías de un partido político e ideología en el poder, lo cual ha conllevado a la casi destrucción del Estado de derecho y democrático que tanto costó a los centro y sudamericanos.
Las poblaciones mismas nos muestran el camino. Ellas han optado por el cambio, en naciones como Venezuela, Argentina, Bolivia, mostrando el malestar existente en la conducción de sus países.
Algo que en Cuba, aún no es tan perceptivo, pero que ya existe. El mayor problema es que estos tiempos de crisis, tienen que ser manejados de formas no aceptadas por las poblaciones, ya que implican recortes del gasto público y ajustes a las políticas económicas del Estado.
Las relaciones interamericanas entonces, pueden estar iniciando un viraje hacia la consecución de mejores y mayores oportunidades de cambio, relacionando los éxitos y fallas obtenidas en estos años de cambio y crecimiento económico, además de los resultados intermedios en cuestiones sociales.
Las relaciones interamericanas deben de volver a aprovechar el espacio que ofrece la OEA, sus instrumentos jurídicos, diplomáticos, económicos, sociales y de defensa de los derechos humanos, todo un entramado que facilita la interacción entre las naciones. Si bien es cierto, tiene fallas la OEA, como toda organización internacional, también es cierto.
Ricardo de León Borge.
Decano de Facultad de Relaciones Internacionales. Universidad American College.